lunes, 4 de agosto de 2008

La idoneidad pública


escrito por Gerardo Sanchis Muñoz
En La Nación, 24 de agosto de 2004


Se planteó con acierto en estas páginas (en una nota de Sergio Berensztein titulada La paz se construye con solidez institucional, del 28 de julio último) el problema de nuestra debilidad institucional, describiendo muy bien los síntomas de esta enfermedad argentina. Allí se concluía con la propuesta de impulsar la transferencia de capacidades institucionales de otros países. Sin embargo, el análisis no se dirigió a las causas más profundas que han llevado a la degradación de nuestras instituciones públicas, por lo que la solución planteada, que sin duda es positiva, nos podría extraviar del camino central que debemos recorrer para empezar a revertir la decadencia argentina. La Argentina tiene muchas falencias, pero seguramente la mayor urgencia no es importar instituciones. No significa negar nuestras limitaciones y lo que podemos aprender del mundo, que es mucho, sino entender también nuestras capacidades. Hemos sido creadores de organizaciones modelo, que llegaron a ser adaptadas en otros países, y muchos de nuestros sistemas estatales clave actuales, como el de la carrera pública, el Sistema Nacional de la Profesión Administrativa (Sinapa), el de control de la Auditoría General de la Nación-Sindicatura General de la Nación (AGN-Sigen) o el Sistema Integrado de Información Financiera (Sidif) de administración presupuestaria son excelentes. No somos Rumania, que sale de años de oscurantismo y necesita injertar un gobierno republicano completo. Tuvimos el presupuesto por programa (por objetivos) antes que Francia, y muchos organismos certificados por calidad -International Organization for Standardization (ISO) 9000- antes que en el resto de América latina. Nuestra gran falla es otra. Las organizaciones son fundamentalmente las personas que las componen. En muchos casos tenemos gente competente, pero no en el lugar que corresponde. En otros casos no tenemos la gente competente porque no la formamos. De nada sirve traer una Aduana copiada de España si voy a nombrar a inexpertos para conducirla, o si no tengo aduaneros idóneos para integrarla, porque no hay escuela aduanera meritoria. En ningún país avanzado faltan las carreras públicas en las funciones clave e intransferibles del Estado (aduana, impuestos, regulación económica, auditoría, etc.): no tiene justificación, es absurdo y hasta suicida. Nosotros pensamos que podemos sin ellas. Hemos ido degradando sin pausa la vocación pública, con un desprecio alentado por los opinadores sesgados ideológicamente y por políticos que apoyan la idea del Estado-botín, con los empleos públicos como trofeos de guerra. En la Argentina ya no hay separación entre Estado (de todos) y gobierno (de un partido). El principio de idoneidad del artículo 16 de la Constitución nacional no se respeta y ni siquiera se recuerda. Se puede entender la idoneidad como el sistema que lleva a que ocupe un cargo público el que realmente debería, conjugando al menos tres factores: integridad moral y cívica, competencia técnica y motivación por el bien público. Si falta alguno de estos ingredientes no se es idóneo para un cargo público: por ejemplo, puedo ser muy instruido, pero corrupto. El primer paso para la idoneidad es el sistema de mérito en el Estado, o la igualdad de acceso, fundamento clave de cualquier institución pública sólida. No falta en ningún país avanzado, pero en la Argentina casi no existe. Apenas hay algunos bolsones de profesionalización (diplomacia, guardaparques), y son la excepción, no la regla. A pesar de que la igualdad de oportunidades y de trato figura taxativamente en toda nuestra legislación sobre el sector público civil, se ignoran escandalosamente, o más bien en silencio. En síntesis, lo que nos diferencia de los países avanzados que podríamos emular no es la "calidad institucional", concepto difuso por cierto, sino, lisa y llanamente, la falta de un sistema que garantice la idoneidad por medio del mérito amplio pero estricto en el Estado. Podemos ilusionarnos con que avanzamos copiando propuestas innovadoras de management público -o nueva normativa-, pero normativa es lo que sobra en la Argentina. Escasean la integridad, la profesionalidad y la motivación para la carrera pública. Se inventaron hace muchos años y es el sostén fundamental de las grandes naciones, y ya sería hora de empezar a nutrirlas.



El autor es profesor de Economía Pública de la Universidad Católica Argentina.

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