
Cada vez más difícil una visión global de la situación en el dear country. Para una de ellas, acá.
Be careful of words, even the miraculous ones. For the miraculous we do our best, sometimes they swarm like insects and leave not a sting but a kiss. They can be as good as fingers. They can be as trusty as the rock you stick your bottom on. But they can be both daisies and bruises. Yet I am in love with words. They are doves falling out of the ceiling. They are six holy oranges sitting in my lap. They are the trees, the legs of summer, and the sun, its passionate face. Yet often they fail me. I have so much I want to say, so many stories, images, proverbs, etc. But the words aren't good enough, the wrong ones kiss me. Sometimes I fly like an eagle but with the wings of a wren. But I try to take care and be gentle to them. Words and eggs must be handled with care. Once broken they are impossible things to repair. Anne Sexton |


Una vez más, Israel abrió las puertas del infierno para los palestinos. Cuarenta refugiados civiles muertos en una escuela de Naciones Unidas, otros tres en otro plantel de este tipo. No está mal para una noche más de trabajo en Gaza a cargo del ejército israelí, que cree en la “pureza de las armas”. ¿Debería sorprendernos?
Ya se nos olvidaron los 17.500 muertos –casi todos civiles, la mayoría mujeres y niños– durante la invasión de Israel a Líbano, en 1982; los 1700 palestinos muertos durante la matanza de Sabra y Chatila; la masacre de Qanaen en que murieron 106 civiles libaneses refugiados, más de la mitad de ellos niños, en una base de la ONU; la matanza de los refugiados de Marwahin, a quienes Israel ordenó salir de sus casas en 2006 para luego ser asesinados por helicópteros israelíes; los mil muertos en el mismo bombardeo del mismo año y en la invasión a Líbano, y lo mismo, casi todos civiles.
Lo que es sorprendente de los líderes occidentales, tanto presidentes como primeros ministros y, me temo, directores de medios y periodistas, es que se han tragado la vieja mentira de que Israel se cuida mucho de evitar víctimas civiles. “Israel hace todo el esfuerzo posible para evitar afectar a civiles”, aseguró de nuevo otro embajador israelí horas antes de la matanza en Gaza.
Y cada presidente y primer ministro que ha repetido esta mendacidad como excusa para no exigir un cese del fuego tiene en las manos la sangre de la carnicería de anoche. Si George W. Bush hubiera tenido el valor de exigir un cese del fuego hace 48 horas, todos esos ancianos, mujeres y niños, esos 40 civiles, estarían vivos.
Lo que ocurrió no sólo es una vergüenza: fue una desgracia. ¿Sería exagerado llamarlo crimen de guerra? Porque así es como llamaríamos a esta atrocidad si Hamas la hubiera cometido. Por lo tanto, me temo, estamos ante un crimen de guerra.
Después de cubrir tantos asesinatos masivos a manos de ejércitos de Medio Oriente –por soldados sirios, iraquíes, iraníes e israelíes–, supongo que debería yo reaccionar con cinismo. Pero Israel proclama que está combatiendo en la guerra “internacional contra el terror”. Los israelíes aseguran luchar en Gaza por nosotros, por nuestros ideales occidentales, por nuestra seguridad y para salvarnos, de acuerdo con nuestras normas. Y así somos cómplices de las salvajadas que se cometen en Gaza.
Ya he reportado las excusas que en el pasado ha dado el ejército israelí por estos atropellos. Como está claro que serán recalentadas en las próximas horas, aquí les obsequio algunas: los palestinos mataron a sus propios refugiados, los palestinos desenterraron cuerpos de los cementerios y los plantaron en las ruinas. Y al final de cuentas, los palestinos tienen la culpa por haber apoyado a una facción armada, y además porque los palestinos armados deliberadamente utilizan a refugiados inocentes como escudos humanos.
Cuando la derechista Falange libanesa, aliada de Israel, perpetró la matanza de Sabra y Chatila, los soldados israelíes se quedaron ahí, observándolos durante 48 horas, sin hacer nada, y esto fue revelado por una investigación a cargo de una comisión israelí.
Posteriormente, cuando Israel fue acusado de esa matanza, el gobierno de Menachem Begin acusó al mundo de calumniar con sangre a su país. Después de que la artillería israelí disparó bombas contra una base de la ONU en Qana, en 1996, los israelíes afirmaron que hombres armados de Hezbolá también se refugiaban en dicha base. Era mentira. Los más de mil muertos en 2006 en una guerra que comenzó cuando Hezbolá capturó a dos soldados israelíes en la frontera simplemente se achacaron a Hezbolá.
Israel aseguró que los cuerpos de niños asesinados en la segunda matanza de Qana fueron tomados de un cementerio. Esa fue otra mentira.
Nunca hubo excusas para la masacre en Marwahin. Se ordenó a los pobladores de la aldea que huyeran y ellos obedecieron sólo para ser atacados por barcos artillados israelíes. Los refugiados tomaron a sus niños y los colocaron en torno de los camiones en que viajaban, para que los pilotos israelíes pudieran ver que eran inocentes. Fue entonces cuando los helicópteros israelíes les dispararon a corta distancia. Sobrevivieron sólo dos personas, haciéndose pasar por muertos. Israel ni siquiera ofreció disculpas por este episodio.
Doce años antes, otro helicóptero israelí atacó una ambulancia que llevaba civiles de una aldea a otra –de nuevo obedeciendo órdenes de Israel– y mató a tres niños y dos mujeres. Los israelíes aseguraron que había un combatiente de Hezbolá en la ambulancia. Era mentira. Yo cubrí todas estas atrocidades, investigué, hablé con sobrevivientes. Lo mismo hicieron varios colegas. Nuestro destino, desde luego, fue enfrentar la más vil de las calumnias: se nos acusó de antisemitas.
Y escribo lo siguiente sin la menor duda: escucharemos de nuevo estas escandalosas fabricaciones. Nos repetirán la mentira de que Hamas tiene la culpa. Dios sabe que éste es culpable de suficientes cosas sin tener que añadir este crimen. Probablemente nos salgan también con la mentira de “los cuerpos sacados del cementerio”, y seguramente también escucharemos de nuevo la mentira de que “Hamas estaba dentro de la escuela de la ONU”. Y definitivamente, nos dirán de nuevo la mentira del antisemitismo. Y nuestros líderes soplarán y resoplarán y le recordarán al mundo que fue Hamas el que rompió el cese del fuego.
Sólo que no fue así. Israel lo rompió primero, el 4 de noviembre, cuando dio muerte a seis palestinos durante un bombardeo a Gaza, y de nuevo el 17 de noviembre, al matar con otro bombardeo a cuatro palestinos más.
Sí, los israelíes merecen seguridad. Veinte israelíes muertos en los alrededores de Gaza en 10 años es, desde luego, una cifra horrible. Pero 760 palestinos muertos en diez días y miles de muertos desde 1948, a partir de cuando la matanza israelí de Deir Yassin impulsó el éxodo palestino de esa parte de Palestina que se convertiría en Israel, es una escala totalmente distinta.
Esto recuerda, no lo que sería el normal derramamiento de sangre en Medio Oriente, sino una atrocidad del nivel de la guerra de los Balcanes en los años ’90.
Desde luego, cuando un árabe se levante y con furia sin freno arroje hacia Occidente su ira incendiaria y ciega, diremos que eso nada tiene que ver con nosotros. “¿Pero por qué nos odian?”, nos preguntaremos. No vayamos a decir que no sabemos la respuesta.


Pertenezco a la generación que todavía guarda, muy en el fondo de sus percepciones e interpretaciones en común, una idea enigmática del cuarto oscuro. Somos los que pasamos todo el secundario en dictadura. En esa época en la que la política empieza a ser algo discernible y, según los tiempos y las personas, algo sucio o apasionante, yo escuchaba en una universidad pública a un profesor de latín ordenar a la clase entera encomendarse al arcángel San Gabriel.
De modo que nuestro cuadro de situación era una película de terror clase B, de ésas en las que la chica da por muerto al monstruo y se relaja, y entonces... Todos saben lo que pasa: el monstruo no estaba muerto. Vemos sus garras aparecer por encima de la chica. La cámara se corre a la ventana y escuchamos los gritos. Fin.
A mí me había pasado eso (el horror de ver las garras cuando ya me había relajado junto con la chica) el 2 de abril de 1982. No era el ’76. Era el ’82. Un año y medio antes, apenas, del día en que iba a votar por primera vez. Aquella explosión callejera en adhesión a la incursión a Malvinas me había paralizado. Fue ese día que la política se me volvió tridimensional. Quizá porque Malvinas fue una estrategia política más que militar, ese día vi a gente común y corriente vitorear en la Plaza de Mayo a Galtieri. Hay que hacer una operación mental compleja para entender la náusea que ello me provocaba. Ya se sabía que habían secuestrado, matado, robado, torturado. Y eran aplaudidos por la gente. Yo advertí, ese día, con el horror de ver las garras del monstruo por encima de la chica, que la dictadura no eran solamente una generación de militares desquiciados y de instinto asesino desatado. La dictadura era la depositaria del monstruo argentino que aún hoy pide leña, sangre y muerte para alcanzar la paz.
El 30 de octubre de 1983, cuando entré a un aula del microcentro para votar por primera vez, con el voto militante decidido y resaca de la interminable noche anterior, empezó otra película. La coreografía democrática me fascinó. Las filas de hombres y mujeres en silencio, los policías ayudando a leer padrones, las viandas de los fiscales de mesa, las urnas. Era la primera vez que veía una urna. Esa caja de cartón era una urna. Esa caja de cartón era por lo que habíamos luchado en los últimos años. Por lo que nos habíamos tragado gases, por lo que nos habían tirado los caballos encima. Todas esas imágenes caían como diapositivas sobre la caja de cartón. Ese día en las filas había mucha gente llorando. Era dolor y felicidad todo junto. No era necesario explicar nada.
Ahora en mi DNI tengo un solo cuadradito más para el sello de concurrencia a elecciones. Pero ninguna de esas veces en las que voté, que fueron muchas, la caja de cartón dejó de ser una pantalla en la que me fueron cayendo esas diapositivas. El otro día leía una nota al juez Eugenio Zaffaroni en la que citaba a un jurista del siglo XIX, Rudolf Von Diering, que dijo que “los derechos se consiguen con lucha, y después se despilfarran. Se despilfarran porque vienen otras generaciones que se olvidaron de la lucha; se despilfarran como la fortuna que no se trabajó”. Pertenezco a la generación que era muy chica cuando se llevaron al resto, pero que protagonizó las luchas por el regreso a la democracia. Las hubo. Se dieron en las calles y en los discursos. Nunca percibí el atropello a la democracia como otra cosa que un exceso, un despilfarro de algo que nunca sobra. Nunca sobran la justicia ni la equidad ni la libertad, de modo que la democracia siempre, por definición, no sobra. Su despilfarro me es inconcebible.
Y cuando veo las urnas, también, entre las diapositivas que caen sobre ellas, está aquel 2 de abril. Es una foto que me indica que siempre hay que estar alertas, que fue una guerra perdida la que nos abrió la puerta, que ganamos esa bella coreografía democrática, pero que los años, la madurez y más lucha son los que le van dando sentido. Eso es lo mejor de todo: la democracia siempre tiene sentido.
Fuente: El sentido de la democracia
Por Sandra Russo
Pagina12, Jueves 30 de Octubre de 2008.

Por qué aún finjimos sorpresa si hablan de la 'pérdida de los principios liberales' cuando salen los gobiernos a comprar empresas en bancarrota?